DOS
MORIBUNDOS
Yo que una vez creí en un Paraíso Comunista,
para luego convertirme en descreído de tanta belleza implantada a los putazos.
Lo vi morir achicharrado en la Cortina de Hierro en medio de la URSS vuelta
pedazos.
Yo que nunca afinqué bien mi fe en el
capitalismo tengo que confesarles, que sin ser yo el más informado y estudioso,
lo estoy viendo morir ante mis ojos.
Y lo está matando la proliferación de
pobres que a su lado se concentran. No he logrado explicarme cómo es eso que
mientras más riqueza se crea y se procrea, más pobreza aparece por doquiera.
Somos acaso los pobres una especie,
parecida a las bacterias anaeróbicas, que logran crecer en ambientes sin
oxigeno. Pareciera que el pobre se alimenta de pobreza, mientras el rico cree
que así es como nos exterminan.
A mí por ejemplo, quiso un Banco,
matarme junto con toda mi familia. Me exprimió como peón por más de 25 años, me
abrumó de préstamos igualitos a los de las Tiendas de Raya: por un lado me
pagaban mis jornales y por el otro me tentaban y me dejaban limpios los
bolsillos.
A los cincuenta años decretaron para
mí, muerte financiera y pusieron tras de mis últimos chiritos, un enjambre de
gallinazos cobradores.
No me explico qué regaron en los
Bancos y en todas las entidades crediticias, cuando por acaso yo me acerco a
una de ellas, me entra comezón, piquiña y rascadera.
Hace poco pensé en montar un
negocito, para poder seguir jalando las carretas, y enseguida me di cuenta que
yo estaba: fichado, reseñado y muy buscado, en toditas las entidades financieras.
Como que es más fácil que un camello
pase por el ojo de una aguja, que un pobre engañado por la UPAC consiga un
crédito.
Entonces recordé la historia que un
viejo paisano me contara, de cómo fue que un fulano de mi pueblo, sin necesidad
de Bancos, ni otras entidades usureras, montara un prospero comercio, vendiendo
el Chocolate a menos precio:
El Viejo Aquileo Parra (Que era un
montañero de Armenia Mantequilla, no el ex presidente de estas tierras) llegó
con una mano atrás y otra adelante, tapándose el mercado. Sin saber cómo
conseguir el alimento de sus hijos, se ingenió la siguiente estratagema.
Teniendo el cura, un localsito
propicio al comercio de bienes de consumo; con sumo cuidado le propuso:
Alquíleme el local Señor Presbítero, no con pago adelantado se lo ruego. Yo le
pago mes vencido y por delante le ofrezco no fallarle, mi buena fe, mi buena
voluntad de hacerlo y usted me puede adelantar una maldición y la excomunión si
es que llegare yo a defraudarle.
Cerrado el trato y fijada la fecha de
la entrega, el viejo Aquileo muy discreto, ayudado de hijos y mujer se dedicó a
coleccionar empaques de cuanta mercancía encontraba en la basura. Los limpió y
los rellenó de arena, tierra y otras limaduras. Luego de organizar la supuesta
mercancía en los estantes, procedió a invitar a vendedores viajeros y
mayoristas visitantes.
La reluciente tienda de Aquileo
resplandecía de promesas de prosperidad
boyante. No le aceptó a ninguno comprarle de contado. Tal como se estila ahora
en las grandes superficies comerciales, exigió que la primera mercancía que
vendiera tenía que ser a cuenta y riesgo de del dueño de la marca.
Algunos aceptaron la propuesta y le
dieron uno, dos y hasta tres meses de plazo para pagar sin intereses.
De esa forma los huecos tapados con
empaques rellenos de aserrín y arena, fueron ocupados por cajas de galletas,
confites, chocolates, arroz, azúcar y
panela.
El más apreciado de todos los
productos era y será el sabroso chocolate. La Compañía Nacional de Chocolates
fue también la más generosa en descuentos y plazo para el novel comerciante. Y
Aquileo se encargó de no dejar a ninguno de sus clientes montañeros, volver a
desayunar con mera aguapanela.
Les vendió la libra de éste alimento
de los dioses, a menos precio y con rebaja, con tal de que el pago fuera de
estricto contado y de que el cuento de esta gran promoción fuera contado por
todo el vecindario.
Fue tanto el entusiasmo y la
alharaca, que el cuento le llegó a lomo
de mula al mismísimo gerente de la Nacional de Chocolate. Le decían sus
informantes que se avispara que Aquileo no tardaría en entrar en Bancarrota,
que apurara a cobrar si no quería aparecer en la lista de estafados.
El mismo días que se cumplían los
tres meses del pazo que el vendedor había fijado, madrugó con cara descompuesta
a hacerle la cacería al tendero deudor, el susodicho vendedor preocupado.
Aquileo sonriente le dio la
bienvenida, le palmoteó la espalda y lo invitó a tomar tinto en el café más
concurrido del mercado. Y allí bajo la curiosa mirada de toda la vecina
competencia, le contó uno tras otro todos los billetes que adeudaba.
Al vendedor le volvió el alma al
cuerpo. Le entregó su factura cancelada, pagó la cuenta de los tintos que
tomaron y se fueron para la tienda a depurar la lista del segundo pedido ya sin
tanto fiado.
El negocio siguió sobre dos rieles y
sin necesidad de pagarle intereses a los Bancos para haber tenido capital de
trabajo con que apoyar el emprendimiento de un Paisa bien Verraco, que encontró
en la confianza de los industriales, las ventas de contado y con descuento, el
secreto para no pagarle intereses a los especuladores Bancos, repartiendo las
utilidades con sus paisanos pobres.
Esta historia tiene como moraleja:
que si queremos superar el fracaso del Comunismo y la próxima caída del
Capitalismo, deberemos escarbar en las múltiples formas de trabajo, asociación
y ayuda mutua que diferentes pueblos se han ingeniado a través del tiempo.
Inspirado en tozos de
historias narradas por Humberto Vélez Parra, otro Mantequillo y pariente del
mentado.
León M. N. Nov. 28 de 2014.
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