LA PRESENCIA DEL OLVIDO.
Se fueron y entre estas paredes escarapeladas por el tiempo
Queda aún olor a cera, a aceite de linaza, a
imprimación de lienzos.
Y sobre el roto caballete una como neblina color sepia
Y en el haz de luz que penetra la ventana
Constelación de escamas de polillas dibujan un
retrato.
Se fueron y en las tardes de canícula
Cruje el entablado con la presión de antiguos pasos
Huele a tinta y a pergaminos enrollados.
Y desde dentro del arrume de folios apilados
Escucho el teclear de fantasmales escribientes.
Se fueron y desde el banco de gruesos maderos
Recubiertos de profundas cicatrices de martillos y
serruchos
Llega el aroma a pino seco, a cedro, a caoba y a
comino crespo
Que levanta a pulso la garlopa, el escoplo, o el
buril.
Y el tufo a cachimba de un anciano carpintero que
también se fue.
Se fueron dejando las paredes del sótano impregnadas
de hollín.
Y en las noches oscuras escucho el ronco respirar de
un fuelle.
Un martillar como de campana a duelo
golpea repetidamente un yunque ido.
Y del frío fogón arrinconado salen ojos al rojo vivo y
vuelan.
Se fueron y la piedra que soporta el epitafio
Fue invadida por el musgo, poblada por las hiedras.
Hundida entre el rastrojo y cuarteada a la intemperie.
Como osamenta calcinada es amontonamiento, escombro.
Y sus nombres borrosos huyeron del recuerdo, con el
viento.