Mi acuerdo con lo dicho por el Señor Alfredo Molano en
su columna de El Espectador (enero 31 de 2015)
Para
quien esto lea, he puesto en verde y cursiva mi opinión.
El acuerdo que se busca en La Habana significa no sólo
la dejación de las armas, sino explícitamente el acatamiento de la Constitución
vigente en ese momento por parte de los alzados en armas. Por tanto, tendrían
todo el derecho a ser miembros de las Fuerzas Armadas. ¿Qué impediría ese paso?
Lo
impedirá el hecho de que a las Fuerzas Armadas no pueden entrar delincuentes,
criminales asesinos, reclutadores de niños, secuestradores, narcotraficantes.
Los que de esa calaña existen aun en sus filas y en otra, deben salir y ya,
para las cárceles.
¿O es que a los insurgentes los van a tratar como
ciudadanos de segunda o de tercera clase?
No,
por favor que no siga existiendo en Colombia, colombianos de diferentes clases,
yo le he sido durante mucho tiempo. Que todos seamos colombianos a secas,
solamente que los delincuentes, separados de los colombianos de buena voluntad
y limpios.
Tendrán no sólo derecho al voto, a ocupar cargos
públicos y a ser elegidos popularmente, sino también a ser soldados de la patria.
¡Se cae de su peso! No sería solamente un deber constitucional y político, sino
también una oportunidad de que el Estado llegue a ser reconocido como tal en
todo el territorio nacional: ¿quién conoce mejor las regiones marginadas y
excluidas que la guerrilla? Más claro: ¿quién ha sido el Estado real en esas
zonas?
De
acuerdo plenamente, que a ningún colombiano se le nieguen sus derechos
constitucionales, como el de elegir y ser elegido, y a los que nos hemos
sentido vulnerados, agredidos, ofendidos, maltratados; que se nos haga realidad
el derecho a la justicia. Llámenla como quieran: Transicional, alternativa, suave,
generosa, pero por favor los colombianos tenemos derecho a acceder a la
justicia.
¿Quién ha sido el Estado real en
esas zonas?
Si
pregunto yo también. ¿Quiénes se arrogaron el derecho a disponer de bienes,
vidas y haciendas? ¿Quién ha desterrado, desplazado, incendiado, robado,
adjudicado, arrebatado las propiedades de los campesinos, pobres, ricos o no
tan ricos o no tan pobres, pero al fin y al cabo campesinos colombianos. ¿Qué
tirano, déspota o dictador por la fuerza de las armas se hizo pasar por
representante del Estado?
Si se trata de paz y de reconciliación, si se trata de
confraternidad, el argumento del procurador y del ministro de Defensa y de toda
esa caverna es una bandera guerrerista. El país no puede ser el mismo que
existe hoy.
No,
no puede ser el mismo, no podemos salir para Guatepeor. Reconciliación y
confraternidad, bien escritas se escriben pidiendo perdón y si eso no es
posible, es responsabilidad del Estado que respeta la Constitución, haciendo
que se aplique verdad, justicia y reparación.
No se trata de someter a la guerrilla; se trata de
construir unas nuevas instituciones a partir de la firma de los acuerdos.
No
se trata de someter por la fuerza, ya sabemos por más de cincuenta años de
experiencia que eso no ha sido posible. Se trata de que quien tomara las armas
para tomarse el poder y está en actitud de diálogo y de reintegrarse a la
Nación, entregue las armas a aquellos que constitucionalmente tienen la
obligación de defender a la Nación y a los ciudadanos.
Pero
no, no Señor Molano, no se trata de que en la Habana, los integrantes de esa
mesa de diálogos, vayan a diseñar la nueva institucionalidad de nuestra patria.
La patria debemos renovarla cada día, hacerla mejor cada día por los caminos de
la experiencia y será refrendada con la voluntad de TODOS los colombianos, no
sólo con la voluntad de los negociadores de la Habana.
Si el Estado recobra la soberanía y abandona la
doctrina de seguridad nacional, no es descocado pensar que con los dos
ejércitos que existen hoy se haga uno solo, como manda la Constitución.
Dice
usted muy bien: una patria y un solo ejército. Un ejército de hombres pobos,
dignos pulcros, generosos y valientes.
León Montoya
Naranjo.
Febrero 5 de 2015.