Sr. Juan Carlos Vélez.
Da grima. Yo se que usted es paisa, que es actor político, de esos que llaman dirigentes (no lo sé) o que quiere serlo. También se que ocasional es columnista de Vivir en el Poblado y da la casualidad que hoy lo leí, (http://www.vivirenelpoblado.com/opini%C3%B3n/columnistas/juan-carlos-velez-uribe/11495-el-corazon-de-medellin) y me dio grima. (Grima: disgusto, desagrado físico, desazón, inquietud, dentera, amargor, aspereza.)
Habla usted como un periodista de esos que posan de estar muy informados, recitando estadísticas, que nadie sabe de dónde saca, y no hace falta que revele las fuentes pues se puede meter en líos. Pero lo que me da grima es que usted nos cuenta como gran noticia, cosas que todos ya sabemos. Y lo peor: Promete como las novelas, que continuará en otros capítulos, hablándonos del fleteo y de la prostitución.
Lo que más me dio grima, fue ese último párrafo de su columna. “hay que hacer algo, todos debemos poner un granito de arena para salvar el corazón de Medellín”. Me recordó las amonestaciones de mi abuela.
Yo y estoy seguro que muchísimos Antiqueños y Colombianos estamos mamaos de poner un granito de arena para tantas obras necesarias que nadie emprende verdaderamente. Y ustedes: los políticos, los dirigentes, los que disque tienen poder de decisión y de convocatoria, deben de dejar de hacer de periodistas y ofrecernos alternativas, soluciones, planes verdaderamente estudiados, porque a Medellín se la llevó el Putas.
El alcalde, los ediles, los secretarios del despacho, las fuerzas vivas, la policía, las ONGs, la iglesia y hasta la academia, los aguapaneleros, las damas Rosadas, las Grises, todos han puesto un granito de arena para solucionar el problema, que según sus estadísticas, causan: meros, íngrimos, sólo disque 3.200 habitantes de las calles. Y no lo han logrado.
Pónganse a trabajar verdaderamente en serio. No puede ser que estos 3.200 compatriotas míos y suyos, nos estén ganando la partida. Han colonizado todos los alrededores de la Plaza Minorista. La avenida Regional se sur a norte y toda la autopista. Todas las zonas verdes que conozco, las glorietas, los bajos de los puentes, las alcantarillas que dejó en desuso EPM con los trabajos de recuperación del Río. Todos los parques y todos los recovecos de las principales avenida.
Sé que con los impuestos que pagamos, (los que los pagamos) con los aportes de empresarios buena gente, de voluntarios y creyentes, les tienen casas de acogida donde les dan: baño, comida, ropa, útiles de aseo, hospedaje, medicinas. Los afeitan, los motilan, les hacen manicure, pedicure y despiojada, rezan con ellos y los aconsejan. Pero nada se ha logrado en mis 66 años en los que he venido oyendo de las campañas que emprenden para solucionar este problemita.
Señor Juan Carlos Vélez, lo anterior quiere decir que ni uno solo de los problemones que usted enumeró y otros que dejó en remojo, se arreglan con granitos de arena y buena voluntad. Se necesita trabajar con verraquera.
No quiero ser mala leche con usted, que tan desinteresadamente nos expuso sus inquietudes sobre la ciudad. Quiero darle una idea que desde hace días viene taladrando mi cerebro. Creo yo que algo falla en la concepción de lo que es el respeto a los derechos humanos y en la definición de lo que son las minorías.
Entre estos, que para usted sólo son 3.200 habitantes de las calles, que según lo que he leído en la prensa, en revistas más o menos serias, en debates de TV y radio y de la boca de entrevistados dirigentes y académicos, se cuentan: Enfermos mentales, desplazados, viciosos, discapacitados cognitivos y físicos, ladrones, atracadores, pelafustanes, jíbaros, jóvenes abandonados y a lo mejor algún monje anacoreta. He logrado agruparlos en esas 10 subcategorías y podríamos seguir diciendo que unos son niños, otros jóvenes, adultos otros y ancianos, entre los que hay de diferente género y orientación sexual. Algunos deben ser de Medellín y otros venidos o enviados de quién sabe dónde. Sr. Vélez, cada categoría en las que se puedan dividir este delirante y atormentador y poco esperanzador grupo de compatriotas míos y suyos, necesita y creo que merece un trato especial y diferente.
Pero esos 3.200 habitantes de la calle nos la montaron a todos los demás habitantes de la urbe, que según datos oficiales somos: 2´500.000.
Yo que creo formar parte del montón, que no pertenezco a ninguna protegida minoría, creo que también tengo derechos, por ejemplo:
A pasear sin temor por las avenidas, los parque y jardines.
A no tener que cruzar los parques y los puentes tapándome la nariz para no sentir la hediondez de materia fecal y orines humanos; y a caminar mirando repetidamente al suelo para no ensuciarme los zapatos con las inmundicias que van dejando tiradas en el pasto y los andenes.
A vivir sin la angustia de que en la esquina pueden atracar, robar, herir o violar a mis hijos.
A poder ir en mi carro con la ventanilla abierta.
A que mi esposa pueda lucir la única alhaja que le he podido regalar que es la argolla de matrimonio. A que no tenga que ir al supermercado abrazando la cartera.
Que en la puerta de mi casa, en la de la panadería, de las iglesias y de las oficinas donde acudo, no tenga que esperar que se levante al habitante de la calle que decidió tomar ese lugar como su dormitorio.
Tengo derecho a calles aseadas, parques, limpios, andenes seguros. En resumidas cuentas, a un paisaje citadino amigable, no estresante y deprimente como el que hoy tenemos o el que se ve en la canalización del rio cuando vamos en el metro.
Estoy por creer que éste y los demás problemones que usted enumero y los que se le quedaron dentro del tintero, son problemas que nuestros dirigentes no quieren solucionar, porque no les importan, porque les conviene tenerlos allí porque generan votos, porque no tienen inteligencia suficiente para hacerlo o en última instancia porque que les da miedo.
Con el mayor respeto Sr. Vélez, economícese el capitulo que anunció sobre fleteo y prostitución, y más bien dedique ese tiempo y ese espacio para proponernos unas bien pensadas soluciones alguno de esos grandes problemones.
Con un abrazo antioqueño y sincero. León Montoya Naranjo.
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